Simplemente me ha apetecido. Tenía la imagen almacenada en mi móvil desde hacía mucho tiempo y profesaba cierta admiración hacia ella. La visitaba con frecuencia en la galería. Me hacía sentir bien. Era como hipnótica, balsámico para mi alma.
Me entenderéis cuando os diga que al final cedí a la voz que no paraba de repetírmelo, que una y otra vez me decía: ¿y por qué no? Realmente necesitaba una catarsis emocional, un poco de limpieza de mi alma negra.
Y así me vi, un buen martes, de once de la mañana a cuatro de la tarde dejándome tatuar mi hombro derecho. Esa imagen había saltado de mi móvil al hombro para acompañarme de por vida.
¿Y quien ha dicho que tatuarse la piel no duele? ¡Ya lo creo que si! Es como meter el brazo en un avispero. Y al día siguiente la piel te escuece. Y dos días después además pica, y no debes rascarte para no tener problemas. Eso sí, estoy muy contento con él. No puedo dejar de mirarlo. Es mi tatuaje, mi amuleto, mi protección. Y no voy enseñándolo por ahí. No se lo he contado a casi nadie. No lo tengo para lucirlo ante los demás, sino para mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario